Didaskalia

miércoles, 23 de octubre de 2013

Escenas de la Flânerie


Autor. Charles Dickens
Título. Escenas de la vida de
Londres por "Boz".
Editorial. Abada
Año. 2012 (escritos entre 1833-1836)
Nº de páginas. 344
Antes de la representación, hay que preparar el escenario. Lo mismo ocurre a la hora de leer un buen libro. El ambiente de los salones, de los cafés literarios, de los grandes jardines, de las amplias alcobas con una pequeña biblioteca accesible a su dueño, funcionario, burgués, o hijo de una decadente aristocracia,… todo eso desapareció hace ya más de un siglo. Si Boz volviese para describir “escenas de la vida” en la gran ciudad, sin duda hablaría de las caras lánguidas de los viajeros de tren, de los ríos de gente que visitan las catedrales del consumo, de los turistas variopintos que deambulan por los alrededores de los museos. Pero estoy seguro de que, ante todo, hablaría de los espacios. Si George Cruikshank, el dibujante, estuviese todavía con él, pintaría lugares vacíos, y no creo que pasase más de un mes antes de ser despedido.

El escritor de nuestro tiempo no requiere ya del dibujo. Al enfrentarse con la futilidad de sus escenarios, prefiere meterse en la cabeza de los transeúntes y hablar desde dentro, donde cree estar a resguardo de la vacuidad. Que sólo la literatura infantil mantenga las ilustraciones nos muestra que a medida que somos más letrados, más deseamos que nos dejen la imaginación en paz. El ejemplo más claro lo encontramos a la salida de los cines, donde puede oírse a los espectadores reprochar en voz alta, “¡el libro era, sin duda, mucho mejor!”. El dibujo facilita demasiado las cosas y provoca la sensación de que se nos toma por tontos. La ilustración ilustra en las dos acepciones del verbo. Pretende enseñarnos algo, adoctrinarnos, poner límites a la representación. Es una afrenta a nuestra subjetividad. Así las cosas, el dibujo de los libros infantiles está lleno de dobles intenciones. De ese instinto pedagógico para el cual el relato sólo puede ser un obstáculo: “una imagen vale más que mil palabras”.

En el siglo XIX, por el contrario, los grandes escritores iban siempre acompañados de un ilustrador. Pensemos en las primeras ediciones de la Comedia Humana de Balzac, en Los Miserables de Victor Hugo, en las novelas de Dickens, en Goethe y su Wilhelm Meister. Esa época de grandes novelistas era también época de grandes dibujantes. En lo tocante a la literatura, podría llamárselo el siglo de la gran difusión. Con el auge de la prensa escrita, aparece para los novelistas la oportunidad de escribir su obra en folletines publicados semanalmente. El papel del dibujante adquiría importancia a la hora de atraer nuevos lectores. Uno de los ilustradores más reconocidos actualmente, Gustave Doré, pintó escenas de la Biblia, la Divina Comedia y el Quijote. Contaba ya con el magno ejemplo de William Blake, que escribía su obra en planchas de bronce. Y es que para todos ellos, los dibujos no suplían al texto, bien al contrario, lo complementaban. En su primera etapa como escritor, Dickens manifestó su pretensión de escribir a partir de estos, y sólo tras el impulso de la fama optó por llevar la delantera en cuanto a la invención. Aún así, esto no modifica en nada el carácter de estas novelas, cuya fuerza reside fundamentalmente en sus imágenes, sean estas evocadas o impresas. No es casual que Balzac dividiera su obra en “retratos” o que George Eliot escribiese unas “Escenas de la vida parroquial”. Algo se pierde de las novelas de Eugène Sue si retiramos los magníficos dibujos de Paul Gavarni. El esbozo costumbrista de los hombres y mujeres decimonónicos alude secretamente al proyecto de un diagrama del hombre moderno en el momento de su máximo esplendor, cuando conviven juntos el futuro incierto y un pasado cada día más cercano a la descomposición.

"Casa de empeños" 
George Cruikshank
Cuando los hombres de la multitud irrumpen en la historia anegando las calles de las grandes ciudades, surge la figura del paseante como aquel capaz de iluminar el sentido de los gestos cotidianos. Dickens, todavía bajo el seudónimo de Boz, describe esta situación magistralmente:

“¡Qué inagotable provisión para la especulación proporcionan las calles de Londres!... No sentimos la menor lástima por el hombre capaz de tomar su bastón y su sombrero y caminar desde Convent-Garden a la catedral de San Pablo y además volver sin derivar algún entretenimiento –casi diríamos enseñanza- de su paseo. Y sin embargo existen tales individuos; los encontramos todos los días.”

Bajo esta mirada aparece en escena el último conductor de cabriolé, gruñón y quisquilloso, que no dudará en propinar a su cliente una ridícula caída en caso de no obtener la retribución deseada. Todas estas formas rituales de trato con el prójimo empezarán a ser suplantadas por la facilidad del intercambio monetario. Debido a la demanda creciente de la clase media surgen las primeras empresas públicas de transporte con sus modernos omnibuses y sus respectivos revisores de billetes. Es en estos novedosos medios de transporte donde puede verse la mezcla más variopinta de costumbres y usos sociales, desde un viejo funcionario, una criada del hogar, hasta un joven bohemio aficionado a los teatros privados, donde a cambio de un módico precio se convierte por unas horas en el mismísimo Ricardo III. Todos estos personajes se reencuentran una vez al año en la alocada feria de Greenwich, “una fiebre de tres días que calma la sangre durante los seis meses posteriores”.

"Interior de un omnibus" 
Gustave Doré
Pero no todo son vagabundeos por las calles de Londres. La mirada inquisitiva de Boz penetra igualmente en los “pozos de aflicción y probreza” de las casas de empeño o los tribunales de justicia. Es en ellos donde se introduce la temática, característica de la época victoriana, de la desgracia social: la descripción de aquellos individuos marcados por el destino de su grupo, integrados en la sociedad como delincuentes de oficio, única forma que les queda de salir del abismo de la miseria celosamente ocultado por políticos y funcionarios del estado. Llama la atención que Cruikshank no realizara ilustraciones para tan tremendas escenas como la del joven carterista que improvisa su defensa ante el tribunal que inexorablemente le condenará a pasar una larga temporada en uno de esos correccionales dejados de la mano de Dios. A la última de las escenas del texto, dedicada a la prisión de New Gate, sólo le falta el “lasciate ogne speranza, voi ch'intrate” que, según relata Dante, se encuentra impreso ante las puertas del Infierno.

El texto que el año pasado reeditó la editorial Abada, en la edición magistral de Miguel Ángel Martínez-Cabeza que incorpora las ilustraciones de Cruikshank, pertenece a la ya mencionada primera etapa de Charles Dickens, aquella que precede a la escritura de sus grandes novelas. Bajo el seudónimo de "Boz", además de estas escenas, escribió una serie de cuentos, de descripciones de varios personajes de la vida londinense, y una serie de artículos bajo el título de Nuestra Parroquia.

jueves, 17 de octubre de 2013

Lo imaginario como institución social

Autor. Cornelius Castoriadis
Título.La institución imaginaria de la sociedad
Editorial. Tusquets (Fábula)
Año. 2013 (1ª ed. 1975 en francés)
Nº de páginas. 584
Cornelius Castoriadis es uno de esos pensadores más conocidos que reconocidos en el ámbito académico de nuestro país. Perteneciente al círculo de intelectuales franceses relacionados con mayo del 68, terminó sintiéndose más cercano a los grandes estudiosos de la Grecia antigua como Jean-Pierre Vernant o Pierre Vidal-Naquet, que a los representantes del llamado postestructuralismo como Foucault, Deleuze o Althusser. Sin ánimo de simplificar excesivamente las cosas, podría decirse que la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo veinte creció tomando por sustento a la filosofía de Hegel, por un lado, y a la de Nietzsche, por el otro. Y, caso curioso, ninguna de estas vertientes llegó a polemizar excesivamente con la otra. Dentro de este marco, y sin negar la influencia de Lacan en sus primeros escritos, el pensamiento de Castoriadis era plenamente original.  

Su primera gran aparición está vinculada a la edición de una revista cuyo título se ha convertido en todo un clásico dentro del ámbito de la filosofía y las ciencias sociales. Editada por primera vez en 1948 junto a Claude Lefort, la revista Socialismo o barbarie significó la primera gran crítica del régimen soviético hecha desde la izquierda sin caer en la alternativa trotskista. El título de la famosa revista apuntaba directamente a una de las grandes ambigüedades en el seno del marxismo y, en tal sentido, era profundamente irónico. Su gran descubrimiento es que la práctica teórica del marxismo descansa siempre sobre una reserva mental. El concilio entre la necesidad histórica, propia de la dinámica del capitalismo, y la acción de las masas, contingente por su propia naturaleza, únicamente puede sostenerse sobre la idea de que si, finalmente, los obreros optaran por no levantarse, sólo quedaría por esperar la destrucción total de la humanidad. Lo cual es, precisamente, el límite jamás confesado de la filosofía de la historia. Tengo delante un breve apunte mío de hace ya algunos años que, si bien puede parecer un tanto simple, puede servir para aclarar esta cuestión:

“[Economía política] La superioridad de las teorías económicas frente a las políticas es incontestable. Reside en que aquéllas logran poner a la realidad misma contra la espada y la pared: o la teoría se cumple o la realidad muere“

La que se ha convertido en la obra principal de Castoriadis (si bien no creo que sea la más interesante), reeditada ahora por Tusquets en su muy asequible colección Fábula, consta de dos partes bien definidas: la primera de ellas dedicada a la crítica de la teoría marxista, y una segunda en la que presenta la reflexión sobre lo histórico-social y el estatuto de lo imaginario. 

El texto se plantea como una elucidación sobre la sociedad en su imbricación con la historia, sin la cual ninguna de las dos tendría nada que decir. Tan sólo porque hay proyectos que los hombres llevan a cabo es por lo que puede hablarse de instituciones sobre las que se cristalizan y sostienen en el tiempo. La práxis, que siempre tiene lugar en el tiempo, es estrictamente, un comienzo. Todo intento de introducir un esquema racional, sea el del cálculo de medios-fines o el de una motivación intrínseca que, al fin y al cabo es la otra cara de la misma moneda, no hace sino evadir la cuestión y, como toda concepción racionalista, “da por adelantado la solución de todos los problemas que plantea”. La acción es un hacer que toma “a los otros… como seres autónomos”, y por eso mismo, esta autonomía es tanto el medio como el fin hacia el que se dirige. A diferencia de lo que ocurre en las técnicas, en la práxis el fin y los medios no están separados. 

A la luz de lo dicho hasta ahora, quienes la conozcan podrían pensar en la obra de una autora mucho más reconocida actualmente como es Hannah Arendt. Pero creo que más allá de la simpatía que ambos mostraron por el sistema de consejos y algunos apuntes sueltos, no tienen nada que ver. Para hacer notar la diferencia, basta con leer el título del libro. A lo largo de su desarrollo, Castoriadis deja notar la profunda influencia del psicoanálisis que con el tiempo iría abandonando. Su examen de la alienación toma como modelo la práctica psicoanalítica, determinada por la sentencia “donde el Ello era, el Yo debe advenir”, y en el análisis de lo histórico-social aparecen los tres registros lacanianos: lo simbólico – lo imaginario – lo real. El desarrollo del sujeto tal y como lo concibe la teoría psicoanalítica sirve de analogía a la hora de plantear la problemática relación entre la sociedad y la historia. Y es que para Castoriadis, la naturaleza de la acción deriva del carácter espontáneo de la imaginación, que es una creación desde la nada. La importancia que reconoce al psicoanálisis es la de haber mostrado la autonomía de esta facultad respecto al puro lenguaje (la matemática) y la mera facticidad (la historia del sujeto). La relación simbólica únicamente requiere de dos componentes (el signo y la cosa), mientras que la imaginación supone la intromisión de un tercer factor: la representación que desplaza el sentido de uno de los signos de la relación. Si la sociedad es aquello que proporciona un marco simbólico coherente, la imaginación es lo que la desborda a la vez que la pone en movimiento. No estará desencaminado el lector que vea esta obra como el despliegue del más conocido de los lemas del sesentayocho: “la imaginación al poder”.

lunes, 7 de octubre de 2013

La justificación de nuestra existencia (1): el neoliberalismo

Presento aquí dos obras que, por su actualidad, merecen ser tenidas muy en cuenta. He de decir que, personalmente, siempre he tenido la sensación de que la doctrina neoliberal estaba mucho más desarrollada en los opositores que en sus defensores. No quiero decir que estos opositores sean neoliberales sin saberlo, pero sí creo es que el neoliberalismo es más un efecto que una causa, y si está tan presente en el discurso político actual es porque se ha convertido en el significante que engloba el desmantelamiento progresivo de los servicios públicos. Basta con echar un vistazo al mercado editorial para comprobar que apenas un par de obras clásicas del neoliberalismo han sido publicadas en grandes tiradas y son fácilmente accesibles. Estas obras son Camino de Servidumbre de Hayek, y La ley de Fréderic Bástiat, que por otro lado es un texto del siglo diecinueve.

Autor. Michel Foucault
Título. Nacimiento de la biopolítica
Editorial. Akal
Año. 2009 (curso 1978-79 en francés)
Nº de páginas. 352
El curso sobre el Nacimiento de la biopolítica, de Michel Foucault, fue publicado en España por la editorial Akal el año pasado. La nueva Razón del Mundo, de Laval y Dardot, ha sido editado por Gedisa hace apenas unos meses, lo cual es un inconveniente, ya que los textos son muy similares y si se leen paralelamente dan la sensación de una enorme redundancia. La diferencia está en que el primero de los textos es el resultado de una investigación, y el segundo, sin que ello desmerezca ni un ápice de su claridad y rigor expositivo, un escrito de combate. Ambos textos abordan la especificidad del liberalismo en la idea de que este no es tanto una ideología como un nuevo régimen de veridicción. Esto es, parten de la concepción de que es la relación entre discurso y verdad la que dota de coherencia al sistema político.

Si puede decirse que Foucault es materialista en algún sentido, lo es en cuanto parte de los hechos tal y como se nos muestran a los seres humanos, esto es, dentro de un marco interpretativo que es el que los hace relevantes. Por eso, decir que hay hechos brutos que determinan las ideas no es más que la forma de pensar de un “sargento cucharón”, que es tanto un marxista vulgar como un idealista barato. No existe la supuesta unidad que dota de inteligibilidad al conjunto (llámese esta capitalismo, patriarcado, o como se quiera), sino tan sólo una multiplicidad de elementos en discordia que, por azar, dan la apariencia de constituir una unidad coherente. El sentido de esta unidad es lo que Foucault designa, siguiendo a Leibniz, con el término posibilidad, de tal manera que mostrar “que lo real sea posible,… es su puesta en inteligibilidad”.

Pero mientras que Foucault se fija más en el desarrollo del liberalismo hasta el momento presente, Laval y Dardot ponen su atención en la ruptura que supone el neoliberalismo dentro del pensamiento liberal. Y es que este, a diferencia del socialismo o el fascismo, no se presenta como una ideología que explica el movimiento histórico, sino como un conjunto de prácticas sustentadas en la crítica del arte de gobernar. El liberalismo es, estrictamente, “crítica de la gubernamentalidad”. De ahí el lugar que ocupa el curso de Foucault, justo después de su investigación sobre el arte del gobierno en los siglo XVII y XVIII, titulada “Seguridad, territorio y población”, publicada por la misma editorial. Tal y como aquí se señala, desde el siglo XVIII a la razón del Estado le comienza a interesar el alcance de su aplicación. Quienes recuerden las investigaciones de David Hume o de Immanuel Kant sobre los límites del conocimiento humano, encontrarán en ellas un curioso paralelismo. Ninguno de ellos se plantea qué es lo que se ha de saber, sino tan sólo qué es posible conocer, para lo cual ha de realizarse una labor de descarte. Tomando conciencia de lo que está más allá de las posibilidades del conocimiento humano, como pueda ser el conocimiento acerca de Dios, podremos acabar de una vez por todas con el dogmatismo. Pues bien, el planteamiento es similar en lo que toca a los límites del gobierno de los hombres: un gobierno que traspasa determinadas fronteras cae preso de sus propias paradojas, convirtiendo su ejercicio en solución a los problemas que él mismo genera.

En este contexto, resulta comprensible la gran novedad aportada por las grandes figuras del neoliberalismo: hay que superar la obsesiva polémica Estado-Mercado y empezar a plantearse cuáles son las condiciones de su ensamblaje. Las soluciones aportadas van desde un ideal comunitario influido por la doctrina católica en el ordoliberalismo alemán, hasta la teoría monetarista de Milton Friedman, hecho por el cual se hace necesario señalar los rasgos comunes. El núcleo visible lo encontramos en la idea de competencia, vestigio de la lucha contra el gobierno absoluto, que aquí se convierte en condición necesaria del equilibrio económico. Para los neoliberales, tanto el crecimiento del Estado como el abandono del mercado a su libre desarrollo producen desajustes, por lo que hay que instaurar un marco legal común a ambos. Pero hay que decir que esta superficie que se manifiesta en la pueril retórica neoliberal suele ocultar aquello que la hace inteligible. En sentido estricto, toda la teoría económica no es más que un fragmento de una teoría general de la acción humana, a la que Ludwig Von Mises bautizó como praxeología.

Autores. Crhistian Laval, Pierre Dardot
Título. La nueva razón del mundo
Editorial. Gedisa
Año. 2013 (1ª ed. 2009 en francés)
Nº de páginas. 432
Todos conocemos, aunque sea vulgarmente, aquella concepción según la cual toda acción puede ser entendida como un cálculo racional entre costes y beneficios. El propio Von Mises reconoce a alguien como Aristóteles como precursor de este planteamiento, lo cual es, sin duda, un tanto artificioso. Es cierto que toma de éste la problemática de los elementos constitutivos de la praxis, solo que operando un desplazamiento que merece la pena señalar. Para Aristóteles, el propósito de la acción de un sujeto siempre coincide con el bien, lo cual no impide que este sea, pongamos por caso, el suicidio o la autolesión. La cuestión es que si hablamos estrictamente de acción humana, esta siempre tiene lugar entre otros seres humanos que, a su vez, actúan y juzgan nuestras acciones, lo que provoca que la consecución de los fines esté marcada inexorablemente por la contingencia, esto es, que el resultado de la acción puede ser distinto del esperado. Es por ello que las nociones de bien y de mal son predicados que se refieren exclusivamente a los medios, al “cómo” de la acción, ya que son los medios y no las intenciones de los agentes los que aparecen directamente ante los hombres. Al hablar de medios y fines, Aristóteles habla, a su vez, de elección (de los medios) y de deliberación (sobre los fines). Ahora bien, la teoría de la acción racional que opera en el pensamiento neoliberal se caracteriza por la subsunción de la acción humana en el marco de una teoría del valor. De ahí su importancia a la hora de establecer las causas de la variación de los precios. La finalidad de la acción coincide siempre con la expectativa de ganancia, mientras que los medios refieren los costes de llevarla a cabo. La famosa idea del “desencantamiento del mundo” tal y como esta aparece en autores como Karl Marx o Max Weber, apunta a la conversión de todo ser en mercancía, y es que, de hecho, el neoliberalismo ha llegado a explicar las relaciones familiares o el cuidado de sí como una relación del capital consigo mismo. Ser y capital coinciden irremisiblemente. La tarea del Estado será, en este contexto, la de ser un promotor de nuevas oportunidades que serán aprovechadas por los más aptos. Si el primer liberalismo centraba su atención en la cuestión de los límites, el neoliberalismo penetra en la “forma misma de nuestra existencia”. La figura del “empresario de sí”, al que tanta importancia se otorga en los textos, no es más que el resultado del proceso de subjetivación motivado por esta teoría.

Nos queda una pregunta por responder, ¿qué papel juega en todo ello la referencia a la biopolítica, un arte del gobierno que en lugar de amenazar con quitar la vida, lo que hace es promoverla? El liberalismo no se construye sobre la restricción, sino sobre la producción de libertad. De ahí que las investigaciones de Foucault fueran desarrollándose en paralelo a una nueva concepción del poder, que ya no se caracteriza por la represión sino por la incitación. El nuevo arte del gobierno, tal y como nos lo muestra nuestra época, no necesita ya de la razón de estado; la construcción del soberano nace del establecimiento de ámbitos de libertad donde la elección es obligada. La libertad no es una condición sino un producto. Es para escapar de esta curiosa paradoja que Laval y Dardot acuden al concepto foucaultiano de la “estrategia sin sujeto”, según la cual son los dispositivos disciplinarios y no los fines de una clase dominante, los que conforman la estructura económica. Como ellos mismo señalan, fue “el objetivo estratégico de moralización de la clase obrera en 1830… la que produjo a la burguesía como agente de su implementación”, del mismo modo que el sistema disciplinario encargado de convertir a los sujetos en empresarios de sí mismos precede a la nueva racionalidad neoliberal. El combate, por tanto, ha de tener lugar en el campo de la subjetividad, de las formas de vida que, a cada instante, resisten a los nuevos mecanismos de la disciplina. Pero, dicho esto, ¡qué extraña forma de combatir el neoliberalismo, haciéndonos entrar en su lógica!

Nada serio parece poder decirse del neoliberalismo sin mencionar la decadencia de todos los ideales burgueses en el siglo que nos precede, decadencia que afecta por igual al socialismo: de la competencia, tanto como de la lucha de clases que, en el albor del industrialismo, prometía grandes réditos en el futuro, apenas queda su función sacrificial, que pende como una espada de Damocles sobre los vagos, los inútiles y los inadaptados. El concilio interclasista de la democracia parlamentaria es sustituido por la tecnocracia y la obsesión por la educación de las masas. Nadie se plantea ya la cuestión del Estado, como a nadie seduce la noción burguesa del laissez-faire. Los grandes retos de nuestro tiempo parecen seguir moviéndose entre lo administrativo y lo financiero, ámbitos donde nadie decide nada, y acaso un atentado contra Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, no sería otra cosa que un vestigio del ludismo.

Ya ni siquiera comprendemos que “sólo la libertad… crea la luz que permite ver y juzgar los vicios y virtudes de los hombres”, y que sólo de ella podemos obtener la fuerza necesaria para guiarnos en nuestro tránsito por el mundo compartido con los otros. Estas bellas palabras de Tocqueville nos resultan extrañas, acostumbrados como estamos a concebir la libertad como una licencia.  Y es que la prisión y el “gran encierro”, el sistema penal y el psiquiátrico, nos sirven más de analogía que de ejemplo; nos recuerdan que el esparcimiento también es un régimen bajo fianza.

jueves, 22 de agosto de 2013

Licenciatura en Dildología

Autor. Beatriz Preciado
Título. Manifiesto contrasexual
Editorial. Anagrama
Año. 2009 (1ª ed, 2000 en francés)
Nº de páginas. 224
1. La problemática relación entre feminismo y filosofía tiene su origen en la confusión entre lucha por la justicia y metafísica. No pudiendo aspirar a la universalidad, el feminismo añade a su ejército los nombres de los muertos y pide compensación. Pero una cosa es enfatizar el hecho de que la mujer ha estado, durante la práctica totalidad de la historia conocida, recluida en el ámbito doméstico, y otra muy distinta es hacer de este hecho un mecanismo siniestro que funciona a espaldas de los mismos sujetos que lo padecen. En el primer caso se reclama una solución a un problema presente, en el segundo se buscan culpables históricos, lo que es por definición una tarea infinita. Esta tarea se resume en la difusión del concepto de patriarcado, que recientemente ha llegado a adoptar formas aún más delirantes como la de heteropatriarcado. La culpa heredada de los oprimidos llega a adquirir tal fuerza, que los propios demandantes de justicia se hacen presos de ella. Aparte de poco seria, la cuestión sobre si las lesbianas que utilizan dildos en sus prácticas sexuales son cómplices del sistema patriarcal, está planteada con mala fe. La única conclusión posible es que los grandes perjudicados en estas polémicas han sido precisamente las mujeres y los homosexuales, “traicionándose [a sí mismos] tras el nombre de feminismo”. Hay que señalar como una gran virtud de Beatriz Preciado el que haya tratado de poner fin a esa generalización, aunque su intento se haya malogrado en el momento en que concibe la solución como inversión de la problemática. Sus textos suponen, una vez más, la reactivación de esta labor interpretativa, aunque en un gesto tan radical que restablece el marco perdido en las discusiones sobre género y sexo. Se aleja, por tanto, de las ciencias sociales, para hacer entrar de nuevo al feminismo por la puerta de la filosofía.  

 2. La crítica feminista del doble proceso de domesticación y sexualización de la mujer extrae su fuerza de la esfera de la producción. Mientras que en la revolución industrial los varones fueron forzados a participar en esta, la mujer era recluida en el hogar, donde sostenía las labores necesarias a la reproducción. Harriet Taylor Mill, que vivió en plena época victoriana y luchó con gran rotundidad por los derechos políticos de las mujeres, tuvo grandes reparos a la hora de defender la inclusión de la mujer en el mercado laboral. Aún habrían de pasar varios decenios hasta que la exclusión social de la mujer del ámbito productivo se viera como una discriminación. En este desarrollo jugaron un papel fundamental las ciencias humanas. La psicología, quizá el caso más paradigmático, se instauró como ciencia en el mismo momento en que descubrió el potencial analítico que había en la intimidad del hogar. La relación entre sexualidad y revolución política no es más que la sofisticación de este mismo discurso. El mayor peligro con el que se enfrenta actualmente el feminismo es con la pérdida de todo sentido de la realidad. Su idea es que la diferencia entre hombre y mujer, como la que hay entre la naturaleza y las costumbres humanas, son puras ficciones que sirven a la dominación. Para ser consecuentes, asumen que la realidad no es más que un asunto de coherencia entre las múltiples ficciones, de forma que la lucha por la emancipación es la aspiración a cambiar estas ficciones por otras. La identificación entre lo doméstico y lo privado, que permite la vinculación teórica de patriarcado y capitalismo, es el sustento de la crítica. Pero lo cierto es que el ámbito doméstico, a diferencia de la propiedad de lo privado, no tiene ninguna relación con la esfera pública. Doméstico hace referencia a la domesticación corporal propia de las labores de mantenimiento de la vida, y se define por contraste con lo salvaje, donde el impulso no tiene el freno de la costumbre. Cuando el rostro del poder se difumina, ya no importa quién es el amo ni cuántos haya realmente. Incluso es probable que, con De La Boëtie, lleguemos a la conclusión de que la idea de un amo no es más que la ilusión que encubre el hecho de que el tirano está en nosotros mismos.  

3. Teoría y ritual se encuentran tan profundamente imbricados que sólo por una cuestión de economía diré que si el Manifiesto Contrasexual expone la teoría, Testoyonqui corresponde a su aplicación práctica. La herencia del psicoanálisis es aquí muy importante: no basta con conocer la contrasexualidad, también hay que experimentarla. La Dildotectónica, el arte de construcción de dildos, consiste en llevar hasta su máximo apogeo el imperio de la técnica. “El pene… [es] un dildo de carne” igual que los seres humanos son autómatas de piel. Para una primera aproximación a la problemática, antes que las películas de ese nuevo género llamado postpornografía, recomendaría el visionado de dos grandes películas del director canadiense David Cronenberg: Crimes of the future (1970) y Videodrome (1983). La primera aborda el problema de una sociedad donde la dualidad de los géneros se ha vuelto ininteligible. La segunda responde a esta cuestión con la idea de la nueva carne, en la que órgano y máquina se vuelven indiscernibles. Ciertamente, cuando ya no queda ningún rincón por iluminar, ningún órgano que no haya sido penetrado, los esfuerzos se dirigen a la única tarea posible, la de mutar.

Autor. Beatriz Preciado
Título. Testo Yonqui
Editorial. Espasa
Año. 2008
Nº de páginas. 324
4. Como rama de la filosofía, el feminismo apenas llega a los cuarenta años y, si mi interpretación es correcta, está llegando al final de su desarrollo. Si considero la obra de Beatriz Preciado como la culminación de la filosofía feminista es en el sentido de que dudo que puedan abrirse en el futuro nuevos horizontes de reflexión. No quiero decir con ello que sea la autora más importante de la teoría feminista, pero sí al menos una de las más consecuentes. Su noción de contrasexualidad lleva al extremo la inversión operada en el lema del sesentayocho “lo personal es político”. El concepto es, cuanto menos, curioso, ¿a qué nos referimos cuando decimos “lo contrario de lo sexual? En un primero momento a la fragmentación del placer. La función dildológica puede ser cubierta por un pene, un brazo o incluso una cabeza. Contrasexualidad es borrar las huellas que hay sobre el desierto de arena de la sexualidad. Pero lo cierto es que toda fragmentación conlleva una nueva territorialización. Aun siendo un tanto desagradable, creo acercarme al significado si propongo que se piense en la proposición “lo contrario de comer”. De esta manera nos acercamos a la perspectiva que invoca, que no es otra que aquella que determina el acto desde su final que, tomado aisladamente, no es más que la indiferencia.

5. Intentaré exponer al lector esta filosofía de una manera sencilla. La tesis fuerte del texto es que “toda filosofía es una dildología más o menos compleja”. Como es sabido, un dildo es un objeto que, en principio, sirve de sustituto a la función del pene, por lo que suele decirse que el dildo sería algo así como un pene de plástico, lo cual, como se verá es el núcleo de la discusión. El problema de este “en principio” es que presupone la distinción entre la esencia y la función; que el dildo sea un pene de plástico quiere decir que, a falta de un pene, basta con un dildo, lo que supone caer de lleno en el sobreentendido de que un pene es aquello que se basta a sí mismo para colmar una relación sexual, lo cual no es cierto. Lo que sí lo es, es el hecho de que la relación sexual excede siempre al órgano en concreto. El sexo supone una lucha de la vida por el acceso a su máxima potencialidad, es la forma en que esta busca su absoluto, y es por ello que el pene concreto se convierte él mismo en una sustitución de un pene ideal, aquello que Lacan denomina Falo-Significante. En terminología platónica podría decirse que el pene participa de la idea de Falo. El dildo tiene aquí la función de contraejemplo, ya que rompe con el principio que permite esta dicotomía de Pene-Significado / Falo-Significante, el principio de irreversibilidad, que dice que un pene concreto nunca puede ser un Falo, aunque adquiera su esencia por virtud de este. Las propiedades del dildo son “plasticidad, transferibilidad y expropiabilidad”, lo que permite la sustitución, no sólo del pene concreto sino del significante que le sirve de modelo. La autora utiliza el concepto derridiano de Suplemento para determinar la función dildológica. El dildo es un modelo simulado, y es anterior en cuanto precede a toda identidad; rompe con el “origen único” y produce “efectos múltiples”, lo que permite que la causa únicamente pueda ser determinada a posteriori. En sentido estricto, deducida a partir de los efectos futuros.

6. La reversibilidad es una propiedad que, en sentido estricto, sólo puede predicarse de objetos tomados espacialmente. Una prenda es reversible si puede ponerse del otro lado sin perder nada de su uso originario. El movimiento de un objeto es reversible si puede volvérsele a situar en el punto de partida. Aún así, este último ejemplo no es tan sencillo como parece, ya que el movimiento nunca se produce en un espacio abstracto, sino en un contexto espacio-temporal. El movimiento no es medida del espacio sino del tiempo, y en cuanto este refiere al movimiento, no es posible borrar el primer movimiento de los dos que constituyen la salida y la vuelta atrás. Porque lo que ha sido no puede ya-no-haber-sido es por lo que el tiempo es irreversible. Los hombres pueden llegar a esa conclusión por la memoria, que es fundamento de su unicidad. Por eso también se dice que olvidar un hecho es como borrarlo de la realidad; olvidar a un muerto es “hacer” que nunca hubiera nacido, así como una comunidad que recuerda un hombre que jamás existió lo vuelve real. En una sociedad tan individualizada como la nuestra, en la que prima el deseo de experimentación, los alucinógenos nos acercan a lo inexistente hasta el extremo de incrustar esas experiencias en nuestro pasado. La filosofía de la posmodernidad no es nada sin este afán por la experimentación. Se llama pos-moderna porque parte de la alucinación moderna (Descartes, el gran precursor del ácido lisérgico) para superarla de una vez por todas. La ruptura del equilibrio hormonal, a diferencia de los alucinógenos, no produce un simulacro de separación entre el alma y el cuerpo, sino una modificación en la corporalidad con efectos para el yo, que se volatiliza. 

7. En tanto la tarea del feminismo consiste en desencubrir, coincide con la tarea de la Ilustración. Ambos niegan la realidad de las apariencias, en cuya confianza encuentran la raíz de todo dogmatismo. Toda verdad es invisible y ha de devenir visible. Pero esta tarea sólo tiene un final hipotético. Aunque la teoría no dejara ningún axioma sin explicar, la práctica siempre volvería para negarle toda validez. La verdad del hombre es siempre expresión del tercer ojo. Es por eso que por mucho que la delimiten y persigan, esa verdad seguirá estando, incluso para ellos mismos, en el lugar preciso en el que gusta de permanecer. Sí, justamente ahí, detrás.

viernes, 9 de agosto de 2013

Filosofía de la Globalización (1)

Autor.  Peter Sloterdijk
Título.  En el mundo interior del capital
Editorial.  Siruela
Año.  2008 (1ª ed. 2005, en alemán)
Traducción. Isidoro Reguera
Nº de Páginas. 332

No parece que necesitemos de expertos que nos hablen de la creciente complejidad del mundo moderno para ser conscientes del momento de perplejidad que atravesamos. Es habitual de toda posición más o menos decidida encontrarse con la réplica, tan usual como aburrida, de “esa será tu forma de pensar”. Por su crudeza, este enunciado revela que el origen de la fuerza de todo perspectivismo descansa en una reserva mental. Es por ello que la elección entre el perspectivismo y la filosofía de la historia es una cuestión de valentía. Se puede analizar un aspecto del mundo moderno dejando premeditadamente un vacío, o puede asumirse la difícil tarea de elaborar una teoría del presente. En los últimos dos siglos se han producido los grandes clásicos de este último género, desde las famosas Lecciones de Hegel hasta los tratados de Spengler o Karl Jaspers, y no vacilaría en apuntar a esta obra de Sloterdijk como uno de los más firmes candidatos a ingresar en el canon. El texto, a la vez que resume los resultados de la obra magna del autor, la trilogía Esferas, prolonga los análisis llevados a cabo en el segundo volumen, que lleva por subtítulo Globos. Es ya algo notorio el afán de Sloterdijk por los grandes relatos. En la entrevista que concedió para el espléndido documental de Alexander Kluge, titulado Noticias de la Antigüedad Ideológica y dedicado al proyecto de Eisenstein de filmar a su vez un documental sobre El Capital de Marx, decía entender este último no tanto como una obra científica que como un relato mitológico comparable a las Metamorfosis de Ovidio. De hecho, la idea de un mundo interior del capital tiene su origen en un conocido capítulo de esta obra de Marx, titulado “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”, donde se hacía de la mercancía el signo a partir del cual era posible desentrañar la lógica de la sociedad capitalista. Es cierto que la problemática no era especialmente nueva, (recuérdense los versos de Quevedo “¿Quién hace de piedras pan / sin ser el Dios verdadero? / El dinero”), pero nunca antes se había llegado a dotar de tamaña profundidad al vil metal. El momento álgido de la obra ahonda en esta idea: hay un paralelismo entre las ideas progresistas de Adam Smith y las grandes elegías del Rilke. Quien dice mercado mundial no habla de un mundo cada vez más abierto, sino de grandes interiores flotando en el infinito.

La obra, más allá de su argumentación interna, puede ser leída como un conjunto de artículos en cada uno de los cuales se señala un aspecto del largo proceso de globalización. Cuando atendemos a su significado, lo primero que pensamos es en el ya archiconocido fenómeno de deslocalización de empresas y en el proceso de subsunción de todo ámbito local en un todo cada día mayor, como si este fuera una enorme célula destinada a crecer fagocitando todo residuo de independencia. Este es el concepto tal y como nos ha sido legado por la economía y las ciencias sociales y, como puede verse, es heredero de la metáfora de la sociedad como organismo vivo. Esta definición encierra una parte de verdad, aunque a la vez oculta lo que es más significativo del proceso en cuestión, esto es, que la inclusión forzada en un Globo cada vez mayor es, a su vez, el proceso de producción de microglobos. La Tierra, el gran globo que todo lo incluye, pasa a convertirse en estrella errante desde el momento en que se vuelve ambigua su posición en un universo compuesto por esferas. Al perder el cielo que constituye su centro de anclaje, comienza a flotar sin dirección por los espacios infinitos. Nada lo explica mejor que el cambio de esfera central a globo terráqueo. En un orden de esferas lo que prima es la jerarquía, mientras que en un espacio lleno de globos que, por definición, flotan, lo importante es la relación, que es siempre relativa. En su expansión, este sistema hace proliferar enclaves situados en una red de puntos, y el globo, por tanto, tiende a la disolución y a convertirse en un conjunto de espumas; “el principio de todo es lo ilimitado”. Pueden rastrearse tres momentos en la implantación del mundo como sistema: a la conquista de la tierra le siguen las expediciones marítimas. A esta última, la conquista de los cielos. Acudiendo a la historia económica diríamos: de la acuñación de moneda a la liquidez bancaria, y de esta, a la preeminencia del capital flotante, el mundo de las finanzas.

A diferencia de lo que pudiera pensarse, la filosofía moderna, más allá de la analítica de la subjetividad, tuvo poca o ninguna influencia en este proceso, por cuanto no fueron filósofos quienes se lanzaron a los viajes por mares interminables y tierras desconocidas. Habría que esperar al siglo XIX para que comenzaran a entreverse las consecuencias que esto posee para la más excelsa de las ciencias. Como legítimos herederos de las tentativas que llevaron a cabo autores de las Luces como Diderot o el Barón d’Holbach, numerosos hombres de letras empezaron a sacar partido de la pérdida de toda trascendencia. Comprendieron que el espíritu de los hombres modernos estaba marcado por el delirio, pues delirantes eran las empresas a las que se lanzaban. La obsesión por el experimento, la misma en la ciencia, las drogas o el sexo, es manifestación del culto a la temeridad. La infidelidad a cualquier principio estable que sirviera de guía para la acción se justificaba en la idea de una conspiración del exterior contra sus deseos inconfesados. Antes que de represión, habría que hablar de autodesinhibición. El carnero de oro cuya efigie coronaba la proa de los grandes buques del siglo XVI se llamaba riesgo, en honor al nuevo motor del mundo. Es por su influencia que los hombres han aprendido a anticipar el futuro: a mayores riesgos mayor beneficio, a menor credibilidad más interés. Muy tardíamente se elaborarán la filosofía del crimen y la “estética de la fealdad” adecuadas a los tiempos; ha sido necesaria la grandilocuencia de Hegel para ver que el mundo actual era un mundo de residuos. 

jueves, 1 de agosto de 2013

Guerra nuestra de cada día

Autor.  Michel Houellebecq
Título.  Ampliación del campo de batalla
Editorial.  Anagrama
Año.  2001  (1ª ed. 1994, en francés)
Nº de Páginas.  174
Con esta primera novela, el autor estableció las bases de lo que iban a ser sus novelas posteriores. Las novelas de Houellebecq pertenecen a ese conjunto de obras literarias cercanas al fenómeno best-seller que, al ser elaboradas por escritores cercanos a la filosofía, tienen un enfoque más profundo de lo habitual. Lo característico de estas novelas, entre las que podríamos incluir las del checo Milan Kundera, es que ganan en profundidad lo que pierden en naturalidad; unidas a una trama especialmente banal, las reflexiones del narrador dan la sensación al lector de ser introducidas de manera arbitraria.

En el caso de Michel Houellebecq esta falta se compensa con su particular fervor. De entre todos los escritores del género, es el más propiamente reaccionario. El odio que le sirve de sustento en la elaboración de cada una de sus novelas es casi comparable al de Joseph de Maistre en sus escritos sobre la Revolución Francesa. Para Houellebecq, más que una gran jaula de hierro, la sociedad actual es similar a un océano inmenso en el que los individuos triunfantes son aquellos que, tras el naufragio, aún siguen aferrados a un tablón de madera. Sus personajes nunca persiguen llegar a suelo firme sino que se dejan arrastrar por el gran juego de la distinción social y desarrollan un comportamiento determinado por el impulso a desahogarse. El protagonista, un ingeniero informático, y Raphäel Tisserand, su compañero, representan en esta novela los dos únicos lugares a donde puede conducir este juego: el cansancio y la resignación. El primero, si lo tomamos literalmente, es un estado físico, corporal. Mientras que la resignación implica un conflicto de razones en la que una de ellas, la que demuestra la imposibilidad de consecución de fin alguno, triunfa. Dentro de la novela, estos dos estados subjetivos evocan las figuras objetivas del sospechoso y el culpable. El protagonista es un sospechoso desde el mismo momento en que empieza su diagnóstico, elaborado por él mismo en un comienzo y certificado por un médico en el final. No es cierto, como suele decirse, que sea un depresivo, ya que al menos no lo es en cuanto al diagnóstico. No es una mera prescripción médica lo que establece una depresión, sino una acusación social que tiende a proliferar como un cáncer. 

Tampoco es casual que su oficio sea precisamente el de informático; pocos trabajos son más adecuados para representar al individuo convertido en engranaje de la gran maquinaria social. El desarrollo de la sociedad telemática donde los signos se convierten en datos y proliferan sin control alguno, ha sido mérito de las ciencias de la información. El nombre de uno de los más conocidos lenguajes de programación es particularmente irónico: Pascal, el filósofo aterrado por el “silencio eterno de los espacios infinitos”. Es cierto que en los primeros empujes hacia el establecimiento de la sociedad capitalista pueden rastrearse las bases de este pensamiento procesual, pero en esa época todavía no se poseían los medios para implementarlo como férrea superestructura. En una sociedad que se sostiene en el encubrimiento de su propio principio vital, el bellum omnium contra omnes, el desarrollo de los medios de comunicación sirve a la expansión de la guerra fría a zonas todavía vírgenes. Es en este sentido que la sociedad de consumo ampliado no es más que Ampliación del campo de batalla.

El núcleo de la novela lo constituyen los diversos relatos de animales inventados por el protagonista, que expresan la caída del hombre en el “más natural” de los sistemas sociales, el capitalismo, y que es “por eso mismo el peor”. A diferencia de la mayoría de los críticos que ponen su mirada en el dinero, Houellebecq sitúa el blanco en la sexualidad, y no es erróneo decir que toda su obra gira en torno al axioma que figura en el gran frontispicio del mundo actual:  

           "La sexualidad es un sistema de jerarquización social."

Si el dinero es el medio para aspirar al poder individual, a disponer de la voluntad de otros, el sexo refiere a un poder más profundo, el de la supervivencia social. El reduccionismo biológico no es por tanto una simple interpretación, sino el hecho del que hay que hacerse cargo. De aquí que el protagonista se muestre plenamente consecuente con los principios que aborrece; si el éxito y el fracaso se determinan en un contexto de lucha encarnizada, no hay razón para mantener la compostura. El derramamiento de sangre, último recurso de los poderosos, ha de ser el primero para los fracasados, lo cual no es un razonamiento propio de un rebelde sino del máximo adepto a la lógica social. Para su entrada a través de las puertas demoníacas impone como sola conditio que le dejen seguir avanzando hasta el final. Si Tisserand, que es alentado por este al asesinato, finalmente no lo lleva a cabo, es debido a que no aspira a más que al reconocimiento a través del ritual sagrado. Su fracaso le sirve para inhibir aún más el deseo de actuar, que es el típico comportamiento de los resignados. El verdadero punto de partida del nihilismo, cosa que el protagonista sabe perfectamente, es la auténtica fortaleza de los fracasados. El saber que hay un punto en que fuertes y débiles se vuelven intercambiables, y que aunque no se puede poseer el sexo de una mujer, se puede poseer  “lo más valioso que hay en ella”, su vida misma.