Didaskalia: filosofía

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viernes, 23 de mayo de 2014

Filosofía y dolor

Autor..Witold Gombrowicz 
Título. Curso de Filosofía en seis horas y cuarto
Editorial. Tusquets
Año. 2009 

Nº de páginas. 152
Según el relato del Génesis, la primera estatua de barro, Adán, sólo adquiere vida una vez que Dios le insufla aliento en su boca. Pero pasados ya los años, expulsado del paraíso y perdido en tierras ignotas, en su larga y merecida vejez, siente que ha de dejar paso a una historia de la que él no formará parte; su vida se le escapa. Trata de agarrarla de nuevo aspirando con fuerza, pero el alma ingrávida asciende velozmente. Su aliento sólo recoge polvo que enturbia aún más su pertinaz tarea. Fácil es suponer que este primer hombre imploró al viento y la lluvia para que detuvieran el ascenso de su espíritu, sin el cual su cuerpo se convertiría en un vulgar despojo. Su asma no es enfermedad sino agarre; acaso no haya voluntad más desnuda.

Postrado en cama durante sus últimos años a causa de sus crisis asmáticas, Witold Gombrowicz, considerado el mayor literato polaco del siglo XX (y que fuera amigo durante su juventud de Bruno Schulz, otro de los grandes escritores polacos del que habremos de decir algo próximamente) centraba sus esfuerzos en desarrollar su próxima obra, cuyo epicentro iba a ser la experiencia del dolor. Y es que esa experiencia tan bestialmente subjetiva que es capaz de volatilizar la existencia el alma y diluirla en la corporalidad no sólo había sido durante los dos siglos que nos preceden regulada, manipulada y medida, sino que había llegado a constituirse en fundamento último de la realidad. Patior, ergo sum, axioma de la filosofía contemporánea.

La obra sobre el dolor nunca llegó a escribirse y, por lo que tengo entendido, apenas hay algunos apuntes sueltos en sus diarios. Pero durante esa misma época y consciente de su pronto final, un amigo íntimo le insta a realizar un curso de filosofía al que asistirán únicamente él y la mujer de Gombrowicz. De ello puede deducirse que este, aparte de ser un gran literato, era docto en esta materia. El curso finalmente no llegó a concluirse, ya que Gombrowicz falleció a un mes de haberlo comenzado y los apuntes que tomaron los dos únicos asistentes se publicaron póstumamente. Es por ellos que sabemos que el curso tenía una finalidad muy concreta que sobrepasaba la mera introducción. Si bien es un recorrido a través de algunos de los grandes autores de la filosofía moderna, ni la historia ni los contenidos son exhaustivos. Cronológicamente tiene su comienzo en Kant y concluye con la filosofía de Sartre, amén de una pequeña reseña del estructuralismo. Gombrowicz expondría sólo aquello que para él era fundamental no olvidar. Kant-Sartre: el último gran filósofo moderno y el primero que explícitamente se declaró como “existencialista”.

El comienzo del pensamiento moderno es claro y conciso: “con Descartes, desaparece el objeto”, la realidad se volatiliza, y el hombre recorre, bajo los auspicios de la duda, el camino de la razón interior que habrá de desplegarse por universo. Kant, henchido del sentido común de los empiristas, busca “limitar el pensamiento” mediante el recurso a la sensibilidad. Pero esta limitación no es la del objeto perdido, no busca un retorno a la realidad sino su captura precisa para que con ella quede igualmente atenazado el pensamiento humano. Los límites del pensar no son las cosas sino las categorías, no las palabras, sino la gramática del lenguaje. Situado en una encrucijada, el pensamiento queda bloqueado para la teoría pero desplegado en la práctica. En las ciencias naturales, la razón desplegada produce monstruos, pero en terreno político “el curso general de un Estado puede ser dirigido hasta por una estirpe de demonios con tal de que posean inteligencia”. El pensamiento huye del mundo para acomodarse en el recinto sagrado de la pura formalidad. Ningún acontecimiento le conmueve, pero tampoco obtiene respuesta; nadie le escucha. Bien sabía Schopenhauer que “sentimos mejor aquello que nos falta”, que tanto más añoraremos aquello que nos ha sido secretamente hurtado, y que por ello no permaneceremos impasibles: si la razón ha huido a su Olimpo matemático, nosotros viviremos la realidad como “un sueño dentro de otro sueño”. Si nuestra mente fluye por tierras oníricas donde los objetos son tan intangibles como nuestras pasiones, responderemos con furia que si una vez amamos la belleza, también podremos llegar a amar la obscenidad.

Sí, ahora glorificamos la existencia en firme aversión a la esencia que no es nada. O más bien, que es nada ¡Magnífica forma de dar un respiro al único ser que se vanagloria de haberlo perdido todo, incluida la tierra sobre la que anda! Con la existencia comienza la vida, pero sin la esencia sólo es la muerte que empieza a hablarnos al oído en íntima confesión. Morituri te salutant. Y así un viaje de hombre puede comprimirse en unas horas y un cuarto; de la agonía nasciente al desfallecimiento del mundo sólo un paso, y quizá apenas un suspiro.


martes, 12 de noviembre de 2013

La razón incontinente

Autor. Immanuel Kant
Título. Crítica de la Razón Pura
Editorial. Taurus
Año. 2013 (1ª ed (A). 1781, 2ª ed. (B) 
1787 en alemán)
Nº de páginas. 688
Traductor. Pedro Ribas (revisada)
Hacer una breve reseña de una obra como La Crítica de la Razón Pura es, con seguridad, una tarea tan pretenciosa como inútil. Una exposición de su contenido resultará al lector versado en la materia una simpleza, a un lector profano un galimatías o, en el mejor de los casos, un ejercicio de pedantería. Por ese motivo, creo que habremos de contentarnos con un pequeño relato: 

Dos mil años antes de la publicación de la obra más importante de Immanuel Kant, un filósofo oriundo de Estagira se encontraba inmerso en una investigación que, por lo que sabemos, no llegó a concluir en vida. Esta investigación no formaba parte de un plan de estudios concreto. No había una ciencia para el objeto al que se dirigía, y tampoco había garantía alguna de poder llegar a establecerla. El fin de la investigación, así como el método a seguir eran, sencillamente, la búsqueda. ¿Qué ciencia era esa por la que había que dedicar toda una vida sin esperanza alguna de llegar a encontrarla? Su nombre no fue pronunciado hasta siglos más tarde, casi por casualidad. Pero lo cierto es que ese simple acto de nombrar bastó para hacer retumbar los cimientos de la tierra hasta el punto de hacerla intercambiar su posición con la esfera celeste. Los hombres asistieron al alumbramiento de “un nuevo cielo y una nueva tierra; porque la primera tierra y el primer cielo ya fueron” (Apocalipsis, 21, 1). Tras el gran vaivén, el hombre quedó situado entre ambos lugares, suspendido en un interregno sin gravedad y sin nada a lo que aferrarse. Así comienza esa historia interminable en la que dos principios se disputan la atención del ser humano. La palabra pronunciada, sin importancia aparente, se dice en griego meta ta physika, que significa ‘después del estudio de la naturaleza’, ‘más allá de aquel lugar donde brota el ser’. Metafísica es el conjunto de escritos que van después de los estudios físicos, dedicados al movimiento y al cambio de los seres mundanos. ¿Quiere esto decir que la metafísica estudia algo inmóvil, que no cambia y que es eterno? Algo de verdad hay en esta afirmación, que ha pasado por ser el lugar común desde el que se entiende este asunto, pero como suele pasar, no es ni mucho menos toda la verdad. La metafísica supone más bien un acto de fundación semejante al cercado de un terreno; establece sus confines y su centro alrededor del cual todo debe girar. Pero a diferencia de los templos y estatuas que levantan los hombres para no olvidar su visión cosmológica, el trono vacío de la metafísica se construye con ideas. Estas no reflejan la realidad sino que la sustituyen, por eso la metafísica tiene ansia de totalidad. Al no poseer nada más que un arsenal de palabras enquistadas, su empresa no tiene fin. El mundo es algo a superar porque siempre termina superándole a uno. 

La historia que nosotros conocemos, al menos la que se enseña en las escuelas, se inicia con la violenta disputa entre Dios y los hombres por el reino de la verdad. La filosofía de Kant supuso para algunos el gran y definitivo deicidio. Decía el poeta judío Heinrich Heine que “con su Crítica de la Razón Pura, Kant ha cortado la cabeza a Dios”, pero lo cierto es que su cuchilla estaba tan afilada que en su descenso también llegó a seccionar al hombre en dos mitades. Quien haya oído hablar de las otras dos críticas de Kant, entenderá que él mismo sufrió el dolor de esta herida. Al arrancar de raíz ese “más allá” de la metafísica, preparó al ser humano para abrir las puertas del averno. Kant buscó con gran insistencia nuevas cadenas con las que apuntalar ese lugar maldito: recogió el cadáver del gran padre y lo convirtió en un postulado de la moralidad, formuló un imperativo en el intento de garantizar la bondad humana y, en un último ensayo, trató de reunificar el mundo divino y el terrenal. La melancolía que le caracterizaba en su juventud volvió a surgir con toda su fuerza en la vejez. Todo su esfuerzo fue en balde. Quien lo dude que piense en los filósofos que le siguieron. 

Del hueco de la tierra salieron los enjambres de pequeños diablillos que antaño asustaban a hombres y mujeres en las largas noches de insomnio, y estos, con su mirada todavía elevada hacia el cielo, comenzaron a sentir un pequeño cosquilleo bajo los pies. ¿La causa?, aquello que en filosofía podría llamarse el grito de la materia.

jueves, 22 de agosto de 2013

Licenciatura en Dildología

Autor. Beatriz Preciado
Título. Manifiesto contrasexual
Editorial. Anagrama
Año. 2009 (1ª ed, 2000 en francés)
Nº de páginas. 224
1. La problemática relación entre feminismo y filosofía tiene su origen en la confusión entre lucha por la justicia y metafísica. No pudiendo aspirar a la universalidad, el feminismo añade a su ejército los nombres de los muertos y pide compensación. Pero una cosa es enfatizar el hecho de que la mujer ha estado, durante la práctica totalidad de la historia conocida, recluida en el ámbito doméstico, y otra muy distinta es hacer de este hecho un mecanismo siniestro que funciona a espaldas de los mismos sujetos que lo padecen. En el primer caso se reclama una solución a un problema presente, en el segundo se buscan culpables históricos, lo que es por definición una tarea infinita. Esta tarea se resume en la difusión del concepto de patriarcado, que recientemente ha llegado a adoptar formas aún más delirantes como la de heteropatriarcado. La culpa heredada de los oprimidos llega a adquirir tal fuerza, que los propios demandantes de justicia se hacen presos de ella. Aparte de poco seria, la cuestión sobre si las lesbianas que utilizan dildos en sus prácticas sexuales son cómplices del sistema patriarcal, está planteada con mala fe. La única conclusión posible es que los grandes perjudicados en estas polémicas han sido precisamente las mujeres y los homosexuales, “traicionándose [a sí mismos] tras el nombre de feminismo”. Hay que señalar como una gran virtud de Beatriz Preciado el que haya tratado de poner fin a esa generalización, aunque su intento se haya malogrado en el momento en que concibe la solución como inversión de la problemática. Sus textos suponen, una vez más, la reactivación de esta labor interpretativa, aunque en un gesto tan radical que restablece el marco perdido en las discusiones sobre género y sexo. Se aleja, por tanto, de las ciencias sociales, para hacer entrar de nuevo al feminismo por la puerta de la filosofía.  

 2. La crítica feminista del doble proceso de domesticación y sexualización de la mujer extrae su fuerza de la esfera de la producción. Mientras que en la revolución industrial los varones fueron forzados a participar en esta, la mujer era recluida en el hogar, donde sostenía las labores necesarias a la reproducción. Harriet Taylor Mill, que vivió en plena época victoriana y luchó con gran rotundidad por los derechos políticos de las mujeres, tuvo grandes reparos a la hora de defender la inclusión de la mujer en el mercado laboral. Aún habrían de pasar varios decenios hasta que la exclusión social de la mujer del ámbito productivo se viera como una discriminación. En este desarrollo jugaron un papel fundamental las ciencias humanas. La psicología, quizá el caso más paradigmático, se instauró como ciencia en el mismo momento en que descubrió el potencial analítico que había en la intimidad del hogar. La relación entre sexualidad y revolución política no es más que la sofisticación de este mismo discurso. El mayor peligro con el que se enfrenta actualmente el feminismo es con la pérdida de todo sentido de la realidad. Su idea es que la diferencia entre hombre y mujer, como la que hay entre la naturaleza y las costumbres humanas, son puras ficciones que sirven a la dominación. Para ser consecuentes, asumen que la realidad no es más que un asunto de coherencia entre las múltiples ficciones, de forma que la lucha por la emancipación es la aspiración a cambiar estas ficciones por otras. La identificación entre lo doméstico y lo privado, que permite la vinculación teórica de patriarcado y capitalismo, es el sustento de la crítica. Pero lo cierto es que el ámbito doméstico, a diferencia de la propiedad de lo privado, no tiene ninguna relación con la esfera pública. Doméstico hace referencia a la domesticación corporal propia de las labores de mantenimiento de la vida, y se define por contraste con lo salvaje, donde el impulso no tiene el freno de la costumbre. Cuando el rostro del poder se difumina, ya no importa quién es el amo ni cuántos haya realmente. Incluso es probable que, con De La Boëtie, lleguemos a la conclusión de que la idea de un amo no es más que la ilusión que encubre el hecho de que el tirano está en nosotros mismos.  

3. Teoría y ritual se encuentran tan profundamente imbricados que sólo por una cuestión de economía diré que si el Manifiesto Contrasexual expone la teoría, Testoyonqui corresponde a su aplicación práctica. La herencia del psicoanálisis es aquí muy importante: no basta con conocer la contrasexualidad, también hay que experimentarla. La Dildotectónica, el arte de construcción de dildos, consiste en llevar hasta su máximo apogeo el imperio de la técnica. “El pene… [es] un dildo de carne” igual que los seres humanos son autómatas de piel. Para una primera aproximación a la problemática, antes que las películas de ese nuevo género llamado postpornografía, recomendaría el visionado de dos grandes películas del director canadiense David Cronenberg: Crimes of the future (1970) y Videodrome (1983). La primera aborda el problema de una sociedad donde la dualidad de los géneros se ha vuelto ininteligible. La segunda responde a esta cuestión con la idea de la nueva carne, en la que órgano y máquina se vuelven indiscernibles. Ciertamente, cuando ya no queda ningún rincón por iluminar, ningún órgano que no haya sido penetrado, los esfuerzos se dirigen a la única tarea posible, la de mutar.

Autor. Beatriz Preciado
Título. Testo Yonqui
Editorial. Espasa
Año. 2008
Nº de páginas. 324
4. Como rama de la filosofía, el feminismo apenas llega a los cuarenta años y, si mi interpretación es correcta, está llegando al final de su desarrollo. Si considero la obra de Beatriz Preciado como la culminación de la filosofía feminista es en el sentido de que dudo que puedan abrirse en el futuro nuevos horizontes de reflexión. No quiero decir con ello que sea la autora más importante de la teoría feminista, pero sí al menos una de las más consecuentes. Su noción de contrasexualidad lleva al extremo la inversión operada en el lema del sesentayocho “lo personal es político”. El concepto es, cuanto menos, curioso, ¿a qué nos referimos cuando decimos “lo contrario de lo sexual? En un primero momento a la fragmentación del placer. La función dildológica puede ser cubierta por un pene, un brazo o incluso una cabeza. Contrasexualidad es borrar las huellas que hay sobre el desierto de arena de la sexualidad. Pero lo cierto es que toda fragmentación conlleva una nueva territorialización. Aun siendo un tanto desagradable, creo acercarme al significado si propongo que se piense en la proposición “lo contrario de comer”. De esta manera nos acercamos a la perspectiva que invoca, que no es otra que aquella que determina el acto desde su final que, tomado aisladamente, no es más que la indiferencia.

5. Intentaré exponer al lector esta filosofía de una manera sencilla. La tesis fuerte del texto es que “toda filosofía es una dildología más o menos compleja”. Como es sabido, un dildo es un objeto que, en principio, sirve de sustituto a la función del pene, por lo que suele decirse que el dildo sería algo así como un pene de plástico, lo cual, como se verá es el núcleo de la discusión. El problema de este “en principio” es que presupone la distinción entre la esencia y la función; que el dildo sea un pene de plástico quiere decir que, a falta de un pene, basta con un dildo, lo que supone caer de lleno en el sobreentendido de que un pene es aquello que se basta a sí mismo para colmar una relación sexual, lo cual no es cierto. Lo que sí lo es, es el hecho de que la relación sexual excede siempre al órgano en concreto. El sexo supone una lucha de la vida por el acceso a su máxima potencialidad, es la forma en que esta busca su absoluto, y es por ello que el pene concreto se convierte él mismo en una sustitución de un pene ideal, aquello que Lacan denomina Falo-Significante. En terminología platónica podría decirse que el pene participa de la idea de Falo. El dildo tiene aquí la función de contraejemplo, ya que rompe con el principio que permite esta dicotomía de Pene-Significado / Falo-Significante, el principio de irreversibilidad, que dice que un pene concreto nunca puede ser un Falo, aunque adquiera su esencia por virtud de este. Las propiedades del dildo son “plasticidad, transferibilidad y expropiabilidad”, lo que permite la sustitución, no sólo del pene concreto sino del significante que le sirve de modelo. La autora utiliza el concepto derridiano de Suplemento para determinar la función dildológica. El dildo es un modelo simulado, y es anterior en cuanto precede a toda identidad; rompe con el “origen único” y produce “efectos múltiples”, lo que permite que la causa únicamente pueda ser determinada a posteriori. En sentido estricto, deducida a partir de los efectos futuros.

6. La reversibilidad es una propiedad que, en sentido estricto, sólo puede predicarse de objetos tomados espacialmente. Una prenda es reversible si puede ponerse del otro lado sin perder nada de su uso originario. El movimiento de un objeto es reversible si puede volvérsele a situar en el punto de partida. Aún así, este último ejemplo no es tan sencillo como parece, ya que el movimiento nunca se produce en un espacio abstracto, sino en un contexto espacio-temporal. El movimiento no es medida del espacio sino del tiempo, y en cuanto este refiere al movimiento, no es posible borrar el primer movimiento de los dos que constituyen la salida y la vuelta atrás. Porque lo que ha sido no puede ya-no-haber-sido es por lo que el tiempo es irreversible. Los hombres pueden llegar a esa conclusión por la memoria, que es fundamento de su unicidad. Por eso también se dice que olvidar un hecho es como borrarlo de la realidad; olvidar a un muerto es “hacer” que nunca hubiera nacido, así como una comunidad que recuerda un hombre que jamás existió lo vuelve real. En una sociedad tan individualizada como la nuestra, en la que prima el deseo de experimentación, los alucinógenos nos acercan a lo inexistente hasta el extremo de incrustar esas experiencias en nuestro pasado. La filosofía de la posmodernidad no es nada sin este afán por la experimentación. Se llama pos-moderna porque parte de la alucinación moderna (Descartes, el gran precursor del ácido lisérgico) para superarla de una vez por todas. La ruptura del equilibrio hormonal, a diferencia de los alucinógenos, no produce un simulacro de separación entre el alma y el cuerpo, sino una modificación en la corporalidad con efectos para el yo, que se volatiliza. 

7. En tanto la tarea del feminismo consiste en desencubrir, coincide con la tarea de la Ilustración. Ambos niegan la realidad de las apariencias, en cuya confianza encuentran la raíz de todo dogmatismo. Toda verdad es invisible y ha de devenir visible. Pero esta tarea sólo tiene un final hipotético. Aunque la teoría no dejara ningún axioma sin explicar, la práctica siempre volvería para negarle toda validez. La verdad del hombre es siempre expresión del tercer ojo. Es por eso que por mucho que la delimiten y persigan, esa verdad seguirá estando, incluso para ellos mismos, en el lugar preciso en el que gusta de permanecer. Sí, justamente ahí, detrás.

viernes, 9 de agosto de 2013

Filosofía de la Globalización (1)

Autor.  Peter Sloterdijk
Título.  En el mundo interior del capital
Editorial.  Siruela
Año.  2008 (1ª ed. 2005, en alemán)
Traducción. Isidoro Reguera
Nº de Páginas. 332

No parece que necesitemos de expertos que nos hablen de la creciente complejidad del mundo moderno para ser conscientes del momento de perplejidad que atravesamos. Es habitual de toda posición más o menos decidida encontrarse con la réplica, tan usual como aburrida, de “esa será tu forma de pensar”. Por su crudeza, este enunciado revela que el origen de la fuerza de todo perspectivismo descansa en una reserva mental. Es por ello que la elección entre el perspectivismo y la filosofía de la historia es una cuestión de valentía. Se puede analizar un aspecto del mundo moderno dejando premeditadamente un vacío, o puede asumirse la difícil tarea de elaborar una teoría del presente. En los últimos dos siglos se han producido los grandes clásicos de este último género, desde las famosas Lecciones de Hegel hasta los tratados de Spengler o Karl Jaspers, y no vacilaría en apuntar a esta obra de Sloterdijk como uno de los más firmes candidatos a ingresar en el canon. El texto, a la vez que resume los resultados de la obra magna del autor, la trilogía Esferas, prolonga los análisis llevados a cabo en el segundo volumen, que lleva por subtítulo Globos. Es ya algo notorio el afán de Sloterdijk por los grandes relatos. En la entrevista que concedió para el espléndido documental de Alexander Kluge, titulado Noticias de la Antigüedad Ideológica y dedicado al proyecto de Eisenstein de filmar a su vez un documental sobre El Capital de Marx, decía entender este último no tanto como una obra científica que como un relato mitológico comparable a las Metamorfosis de Ovidio. De hecho, la idea de un mundo interior del capital tiene su origen en un conocido capítulo de esta obra de Marx, titulado “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”, donde se hacía de la mercancía el signo a partir del cual era posible desentrañar la lógica de la sociedad capitalista. Es cierto que la problemática no era especialmente nueva, (recuérdense los versos de Quevedo “¿Quién hace de piedras pan / sin ser el Dios verdadero? / El dinero”), pero nunca antes se había llegado a dotar de tamaña profundidad al vil metal. El momento álgido de la obra ahonda en esta idea: hay un paralelismo entre las ideas progresistas de Adam Smith y las grandes elegías del Rilke. Quien dice mercado mundial no habla de un mundo cada vez más abierto, sino de grandes interiores flotando en el infinito.

La obra, más allá de su argumentación interna, puede ser leída como un conjunto de artículos en cada uno de los cuales se señala un aspecto del largo proceso de globalización. Cuando atendemos a su significado, lo primero que pensamos es en el ya archiconocido fenómeno de deslocalización de empresas y en el proceso de subsunción de todo ámbito local en un todo cada día mayor, como si este fuera una enorme célula destinada a crecer fagocitando todo residuo de independencia. Este es el concepto tal y como nos ha sido legado por la economía y las ciencias sociales y, como puede verse, es heredero de la metáfora de la sociedad como organismo vivo. Esta definición encierra una parte de verdad, aunque a la vez oculta lo que es más significativo del proceso en cuestión, esto es, que la inclusión forzada en un Globo cada vez mayor es, a su vez, el proceso de producción de microglobos. La Tierra, el gran globo que todo lo incluye, pasa a convertirse en estrella errante desde el momento en que se vuelve ambigua su posición en un universo compuesto por esferas. Al perder el cielo que constituye su centro de anclaje, comienza a flotar sin dirección por los espacios infinitos. Nada lo explica mejor que el cambio de esfera central a globo terráqueo. En un orden de esferas lo que prima es la jerarquía, mientras que en un espacio lleno de globos que, por definición, flotan, lo importante es la relación, que es siempre relativa. En su expansión, este sistema hace proliferar enclaves situados en una red de puntos, y el globo, por tanto, tiende a la disolución y a convertirse en un conjunto de espumas; “el principio de todo es lo ilimitado”. Pueden rastrearse tres momentos en la implantación del mundo como sistema: a la conquista de la tierra le siguen las expediciones marítimas. A esta última, la conquista de los cielos. Acudiendo a la historia económica diríamos: de la acuñación de moneda a la liquidez bancaria, y de esta, a la preeminencia del capital flotante, el mundo de las finanzas.

A diferencia de lo que pudiera pensarse, la filosofía moderna, más allá de la analítica de la subjetividad, tuvo poca o ninguna influencia en este proceso, por cuanto no fueron filósofos quienes se lanzaron a los viajes por mares interminables y tierras desconocidas. Habría que esperar al siglo XIX para que comenzaran a entreverse las consecuencias que esto posee para la más excelsa de las ciencias. Como legítimos herederos de las tentativas que llevaron a cabo autores de las Luces como Diderot o el Barón d’Holbach, numerosos hombres de letras empezaron a sacar partido de la pérdida de toda trascendencia. Comprendieron que el espíritu de los hombres modernos estaba marcado por el delirio, pues delirantes eran las empresas a las que se lanzaban. La obsesión por el experimento, la misma en la ciencia, las drogas o el sexo, es manifestación del culto a la temeridad. La infidelidad a cualquier principio estable que sirviera de guía para la acción se justificaba en la idea de una conspiración del exterior contra sus deseos inconfesados. Antes que de represión, habría que hablar de autodesinhibición. El carnero de oro cuya efigie coronaba la proa de los grandes buques del siglo XVI se llamaba riesgo, en honor al nuevo motor del mundo. Es por su influencia que los hombres han aprendido a anticipar el futuro: a mayores riesgos mayor beneficio, a menor credibilidad más interés. Muy tardíamente se elaborarán la filosofía del crimen y la “estética de la fealdad” adecuadas a los tiempos; ha sido necesaria la grandilocuencia de Hegel para ver que el mundo actual era un mundo de residuos. 

miércoles, 31 de julio de 2013

A modo de presentación

El propósito de este blog es el de realizar breves reseñas de libros que, de un modo u otro, estén relacionados con la filosofía. En este sentido, creo necesario realizar dos aclaraciones. Sin entrar en el estatuto que posee actualmente la filosofía, es cosa sabida que esta no es ajena ni a la literatura, ni a las ciencias sociales ni, llegado el caso, a las ciencias naturales o la matemática. Aun así, en un principio, me centraré en libros del ámbito de las humanidades. He de decir asimismo que pondré especial cuidado en exponer obras que sean novedad editorial. Si no lo son, al menos son textos fáciles de encontrar en cualquier librería o biblioteca. En un futuro quizá realice alguna reseña de viejos textos descatalogados, de los cuales hay numerosísimos y, por desgracia, muchas veces más interesantes que los nuevos.

He de decir que todos los libros que abordaré, sin ahorrar la exposición de sus defectos o mi discrepancia respecto a su argumentación, los considero como obras de interés general. No sería nada agradable ni para mí realizar ni para nadie leer una reseña de un libro que no hiciese más que empantanar aún más la discusión en torno a lo que todo el mundo sabe que son lugares comunes. Si bien encierran una verdad, no hacen sino arrojar más papel al ya saturado mercado editorial. ¡Cuán ridículo sería que considerase bueno perder el tiempo reseñando todo lo que sale al mercado y que tenga alguna relación con la filosofía! Es por ello que no pretendo bosquejar resúmenes de las obras (eso se encuentra muy fácilmente en la sinopsis que presentan las editoriales) sino que pretendo resaltar la problemática en torno a la cual giran, así como responder algunas cuestiones que todo potencial lector se haría antes de adquirir o tomar prestada cualquiera de estas.

Espero sinceramente que os guste, así como que me comuniquéis cualquier discrepancia, opinión o sugerencia.

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[Didaskalía es la transliteración en alfabeto latino del nombre griego διδασκαλία. Este sustantivo deriva del verbo διδασκw, que en griego arcaico significa tanto “enseñar, saber” en el sentido de “hacer tomar conciencia de”, como “aprender”. En un pasaje de la Ilíada, tras una de las grandes derrotas de los Aqueos a manos de los Héctor, Eurípilo pide a Patroclo que extraiga la flecha de su pierna y limpie su herida según el proceder “que has aprendido (dedidáchthai) de Aquiles” (Ilíada, XI, 831). Aparte de estas acepciones hay una que merece la pena resaltar, la de “representar”, utilizada para designar la puesta en acto de una poesía o una tragedia. 

La preeminencia de la traducción de Didaskalía por “enseñanza” o “doctrina”, procede de la traducción latina del Nuevo Testamento, y en ese sentido es fácil verlo mencionado en relación a la doctrina de la Iglesia. La traducción latina del verbo διδασκw es insignare, señalar o “hacer ver”, lo que mantiene firme el sentido de la palabra originaria. Aún así, con el tiempo se ha borrado la amplitud que el significado de esa palabra tenía en el griego clásico. El verbo enseñar, tal y como nosotros lo utilizamos, se aproxima más a “hacer creer”, lo que también nos acerca a la palabra adoctrinamiento. Solemos concebir la enseñanza como un proceso determinado por el método de lectura y escritura, y por tanto, como adquisición de habilidades y técnicas interpretativas; es correcto decir que el libro es la figura que sustenta la didaskalía en el mundo moderno. El hecho en el que hemos de fijarnos es que la relación de la enseñanza con el sentido visual se ha perdido, ya que lo fundamental es la congruencia en el discurso. Es por ello que en nuestros sistemas educativos la intuición es sustituida por la construcción, otorgándose un papel predominante a la adquisición de metodologías. En el proceso de formación de los sujetos autónomos, gran exigencia del pensamiento ilustrado, lo fundamental es la construcción de parapetos. Aunque pueda resultar paradójico, espero, en la medida de lo posible, huir de esta concepción de lo libresco como legitimidad de todo comprender.]